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Raíces
Francisco Calvo Serraller.
catalogo: Teresa Lanceta. Valderrobres

RAÍCES

Francisco Calvo Serraller

De entrada, he de decir que me parece significativo que Teresa Lanceta haya buscado la tierra de sus mayores para hacer, no una exposición individual más, sino una suerte de balance personal sobre su trayectoria artística, que, los años van pasando, ya se dilata casi dos décadas si tenemos en cuenta que su primera participación pública en una muestra colectiva data de 1977. Lo significativo de este regreso a las raíces para hacer una especie de balance retrospectivo se debe a la constante transmigración de esta artista, que nació en Barcelona, ha vivido en muy diversos lugares, aunque haya sido Madrid su principal recaladero, un recaladero urbano el de la capital, por lo demás, de los más inciertos en cuanto a señas de identidad.

El moverse de aquí para allá puede no ser voluntario, incluso cuando son las pasiones las que nos traen y nos llevan. La vida, desde luego, da muchas vueltas. En todo caso, yo conozco la peripecia vital de Teresa Lanceta de forma muy somera, y, aunque la conociera mejor, tampoco sería éste el lugar para explicar lo que sus circunstancias han contribuido para su eventual movilidad. Sería algo más irrelevante que indiscreto. Lo verdaderamente relevante para la comprensión de la obra de una artista es el papel que ha desempeñado el arte en ese ir y venir.

Y el caso es, en principio, paradójico, ya que muchos de los movimientos de Teresa Lanceta han sido motivados por su interés artístico por las formas culturales de arraigada peculiaridad antropológica, alguna de cuyas formas más radicalizadas son curiosamente las que portan los pueblos trashumantes, que, en la medida que no tienen tierra, asientan su forma de ser con más ahínco en unas costumbres y leyes peculiares, míticas; por decirlo de alguna manera: que convierten la tradición cultural en su único paisaje. Este ha sido el caso de los judíos antes de la fundación del Estado de Israel y, sin duda, es el caso de los gitanos. En realidad, también ha sido y sigue siendo el caso de todos esos pueblos primitivos que se han visto insertados -que no integrados- en Estados contemporáneos.

Trashumantes, primitivos o, simplemente, comunidades tradicionales que han perdido el tren homologador de la Historia, todas estas manifestaciones culturales de quienes se han quedado fuera del tiempo -del tiempo que ahora nos concierne que es el lineal del progreso- despertaron el interés, sobre todo, de los vanguardistas plásticos del mundo contemporáneo, quizá porque en el anhelo de ruptura que, de forma compulsiva, han buscado siempre los vanguardistas, era preciso saltarse la tradición como pasado ordenado inmediato, y, de esta manera, cuando se quiere dar un salto por encima de la historia, se busca bien lo pre-histórico o lo anti-histórico o intempestivo, que es lo que representan los así llamados primitivos actuales’.

Me parece importante advertir el impulso vanguardista que ha existido en esta salida del tiempo, para no caer en el tópico de tratar la vinculación de Teresa Lanceta a través de su preeminente dedicación a las artes del tejido y el tapiz. El tópico resulta cada vez más odioso no sólo porque el arte contemporáneo ha roto por completo estas clasificaciones que jerarquizaban los géneros artísticos y hasta la calidad de sus autores en función de los materiales y técnicas empleados, sino porque ha cambiado asimismo por completo la noción tradicional de autor, que hoy reside en cualquier cosa menos en el tipo de soporte, técnica o método de fabricación. Como veremos en la exposición que da pié a este catálogo, Teresa Lanceta teje, dibuja y pinta indistintamente, pero, sobre todo, lo que hace es consecuencia de una voluntad artística y no al revés.

De todas formas, con esta aclaración no quisiera perder el hilo de lo que iba diciendo acerca de la artista desarraigada que se mueve de un lado para otro precisamente en busca de manifestaciones artísticas con arraigo, o, si se quiere, de las que escapan al tiempo mediante la afirmación intempestiva de su mítica raíz; en una palabra: de las que no pliegan su peculiar historia a la Historia. Curiosamente, este afán ha hecho que los antropólogos y los artistas de vanguardia hayan sido profesionales del desarraigo, algo que explica el concreto desarraigo artístico de la propia Teresa Lanceta.

En una exposición reciente, la que tuvo lugar en la galería de Magda Belloti, de Algeciras, durante los meses de marzo y abril de 1995, Teresa Lanceta decidió reproducir una carta que le envió su abuela cuando residía en Sevilla. Es una carta bella y terrible, y lo es por lo que tiene de amor por el paisaje natural y simultáneamente por el patético lamento de su irremisible pérdida. Paradójicamente, en esta misiva se manifiesta un desaliento por seguir viviendo, pero f5or un exceso de amor a la vida; esto es: por rebeldía ante lo que un cambio en la forma de vivir puede hacer que la vida pierda interés o intensidad. En cierta manera, la abuela de Teresa Lanceta le comunicaba algo que tiene que ver directamente con el sentido del arte, aunque ella no fuera consciente de la equivalencia, ya que el arte se nutre de la vida y se plantea su calidad y su intensidad, que rememora o demanda.

Pero, fuera consciente o no su autora de las equivalencias artísticas que se plantean en su melancólica misiva, es obvio que Teresa Lanceta sí lo entendió así y, de hecho, decidió publicarla, y hacerlo, además, como texto de uno de sus catálogos, lo que indudablemente supone una incorporación artística reveladora.

Ahora bien, en esta cuestión del regreso artístico al pasado, de la búsqueda del arraigo desde el desarraigo, ¿cómo ha de plantearse el asunto desde lo que podríamos denominar el lenguaje ‘puro” del arte? Me cuesta tratar las cosas desde esta perspectiva, que siento como ajena, pero que no puedo eludir porque el arte contemporáneo ha luchado por su autonomía y esto es algo que indefectiblemente se ha de traducir por una concepción formalista. De esta manera, y, claro, al margen de lo que yo opine al respecto, lo que ahora trato de plantear es dónde se inscribe el lenguaje artístico de Teresa Lanceta dentro del arte vanguardista de nuestro siglo; en definitiva: ¿desde dónde parte y con quién ha tenido o tiene que ver lo que Teresa Lanceta hace?

De entrada, personalmente relaciono lo obra de Teresa Lanceta con un modelo creativo muy concreto: el de Paul Klee. Si me refiero a un modelo creativo es porque no trato de establecer comparaciones formales de causa y efecto entre Klee y Lanceta, sino parangonar espíritus afines. En ambos, por ejemplo, no se produce esa incompatibilidad entre lo abstracto y lo figurativo, entre otras cosas porque las imágenes que producen, sea de una u otra naturaleza, son en ellos caras de la misma moneda, y lo son porque, en cualquier caso, estas imágenes responden o reflejan experiencias íntimas, en el sentido en que Gaston Bachelar escribía acerca de la “inmensidad poética” de lo íntimo; es decir: de su universalización sentimental o, si se quiere, de su capacidad de resonancia sentimental.

Una experiencia íntima no es siempre, sin embargo, producto necesariamente de acontecimientos interpersonales. Se puede asimismo tener vivencias de la naturaleza, como las tienen Klee y Lanceta. Se puede, en efecto, sentir a través de un paisaje y, en ese íntimo diálogo con un lugar en una determinada situación, puede uno quedar traspuesto, o, lo que es lo mismo, trasladarse a otro sitio del espacio y del tiempo sin, paradójicamente, moverse del lugar. Estos saltos en el espacio a través del tiempo explican la libertad con que se ha movido el espíritu artístico de vanguardia, al menos en su primera fase histórica, una libertad que ha permitido el diálogo con las culturas prehistóricas o primitivas. Claro que esto es algo que se puede acometer como quien sigue una fórmula y sólo busca en esos espacios míticos una novedad; pero no es lo que hacen Klee o Lanceta, pues en ambos se trata de una rememoración -una implicación- personal.

Recuerdo, por otra parte, haber leído en unas páginas autobiográficas de Peter Weiss cómo el padre de éste, un industrial del textil, decidió en cierto momento actualizar la temática de su producción incorporando temas de Klee. Relata la anécdota Weiss a propósito de las terribles peleas familiares, su lucha de joven rebelde contra el espíritu burgués y pragmático de su padre comerciante. En ese contexto, el interés paterno por Klee, cuando las furias edípicas comenzaban a volver a su cauce, tenía algo de reconocimiento y de don. La elección de Klee, un artista sarcástico, pero sin jamás perder de vista lo cósmico, me pareció algo no sólo funcionalmente bien tejido para el caso. Un punto de encuentro esencial cuando no queda casi nada en derredor, cuando se ha echado por la borda todo el lastre.

Sin estas implicaciones, pero en la misma pesquisa de identidad, la búsqueda artística de Teresa Lanceta se ha producido en un momento en que el lastre que se ha soltado ha sido precisamente el de la vanguardia. Esto ha marcado su obra en un espacio de libertad. Un espacio de libertad, que no ha de ser interpretado como espacio de indiscriminación o, lo que es lo mismo, esa parodia posmoderna denominada eclecticismo, sino como un intento de redefinir, reflexionar, acerca de lo que el arte dice de nosotros, de nuestras búsquedas.

Teresa Lanceta conoce muy bien el arte de los primitivos y las formas de artesanía popular que circunstancialmente sobreviven. Se ha interesado en el uso que determinados creadores de vanguardia -algunos de los más conspicuos representantes del expresionismo abstracto americano- hicieron de las formas artísticas de los indios americanos, pero lo ha hecho rescatando el meollo formal de estas apropiaciones, luego recubiertas de retórica. En esta investigación, al margen de lo que nos pueda aportar para un mejor conocimiento histórico acerca de un determinado episodio de la vanguardia internacional, Lanceta se comporta también, y, según pienso, sobre todo, corno una artista, como la artista que es.

Cómo es artísticamente Teresa Lanceta, es algo que ahora se puede apreciar en la exposición que nos ofrece, que es más que una simple exposición, como ya anunciaba al principio. En primer lugar, podremos apreciar su manera de romper con los tradicionales estereotipos que enfrentaban, de forma harto simplificada, lo que popularmente se llama figuración y abstracción; en segundo lugar, su forma de eludir esa otra vieja dicotomía entre fondo y superficie, creando una sugerencia visual donde los motivos se transparentan y flotan, y el mismo color, cual una nueva forma más, se convierte en una fuente de energía y ritmo; en tercer lugar, las formas geométricas y las orgánicas se yuxtaponen, como también lo hacen lo formal y lo simbólico; en cuarto lugar, es borrado el límite entre lo pintado y lo tejido, las pinturas son cosidas y los tejidos pintados...

¿Qué puede significar todo este dislocamiento? Desde mi punto de vista, la puesta en marcha de un lenguaje que ya no trata la contradicción como una oposición fatalmente abocada a una síntesis superadora, sino como una tensión consentida. Esta tensión es precisamente la que da pleno sentido a su reflexión artística actual y la que de hecho caracteriza al mejor arte de las dos últimas décadas. En su caso, por lo demás, es una tensión que surge de su propia experiencia: la experiencia de quien pugna por lo radical desde el desarraigo. No se trata de una pugna en vano, como lo podrá comprobar cualquier observador sensible. Hay en la obra de Teresa Lanceta una subterránea angustia y bastante añoranza. Un sentido del lugar y de su pérdida. Y es ahí donde la inmensidad poética de lo íntimo se separa de lo folclórico, porque es ahí donde el arte es arte porque es vida y vida autobiográfica. Desde esta perspectiva, poco importa si se teje o se pinta: todo es cuestión de raíces.