Biografía

Prensa

EL PAÍS, 5/1996
1996. Sobre la exposición en la Galería Miguel Espel.

El Tapiz Volador

Galería Miguel Espel.
Jorge Juan, 16. Madrid. Hasta el 31 de mayo.

Francisco Calvo Serraller

En los tapices de Teresa Lanceta (Barcelona, 1951) he visto la trama de la vida, que es, en el fondo, lo único que deja atisbar el arte, cuando es de verdad. Curiosamente, el hombre contemporáneo cree que lo que él llama artesanía, donde supuestamente predomina la habilidad manual y el patrón establecido sobre el talento creativo, es como un arte de mentirijilla. Y, claro, quien teje un tapiz ha de ser, por fuerza, un artesano, porque no puede campar libremente por sus respetos y, sobre todo, es algo doméstico, popular y funcional; vamos, por decirlo así, la apoteosis de lo femenino.

Nada de esto parece haber inquietado lo más mínimo a Teresa Lanceta, que, antes, por el contrario, se ha dedicado a agravar las limitaciones que los prejuicios imputan a semejante actividad; esto es: se ha dedicado a vivir con intensidad la condición popular, doméstica, concreta y mujeril del tapiz, todo, en fin, salvo quizá lo funcional, porque no ha olvidado esa sabiduría tradicional de los cuentos en los que las alfombras y tapices servían para volar. Más aún: ha hecho de esta actividad una crónica vital, en la que recoge sus experiencias a partir de las de los otros, compartiéndolas y universalizándolas.

Los tapices de Lanceta rezuman, insisto, vida, y lo que ésta tiene de ritos, pasiones, tatuajes, imprecaciones, signos, y, naturalmente, de gusto y estilo. Gusta vivir y se estila vivir de una manera, lo cual puede llegar a ser una obra de arte. Los tapices de Teresa Lanceta vaya que si lo son: te arrebatan la mirada y te dan calor. Desde la pared, te acercan a la tierra, donde, por fin, encuentras raíces y te sientes a gusto en algo a lo que perteneces, pero que no es de tu propiedad. Aprecias la manufactura y la calidad, pero no menos que esa verdad que sólo susurra el arte.