Escritos propios

Tomando caña

Revista bimensual de arte «Arte y Parte».

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Estaba tomando caña

Mataron al gitano Antón...

Que no estaba muerto, que no
que no estaba muerto, que no
que no estaba muerto, que no
que estaba tomando caña.

(Rumba. Peret)

 

¿Se hubiese obstinado tanto Barnett Newman en relacionar su trabajo con el de los indios de la costa Noroccidental norteamericana, para él sus primitivos, si el gabinete del Dr. Breton hubiera exhibido en sus paredes algún tejido? ¿Tendríamos que aceptar como similares el arte de los Kwakiutl y de los Tlingit colmado de ideogramas, animales y monstruos y el arte de Newman si Picasso no se hubiera decantado tan fuertemente por la escultura africana? Quizá el propio Newman en vez de mostrar su desprecio habría admirado las mantas de sus conciudadanos indios navajo que no sólo son muy similares a sus cuadros sino que incluso son, en algunos casos, idénticas.

 

A principios de siglo los artistas se acercaron a la espectacular escultura africana, pero también lo hicieron a otros muchos "otros" primitivos. Quizá sean los tejidos los "otros" que más posibilidades hayan dado para esencializar el arte, comprenderlo, contemporanizarlo, desnudarlo y porqué no, destrozarlo y agrandarlo. Matisse pintó telas y alfombras para sustraerse de las composiciones tradicionales. Curioso, despojó la realidad heredada para enriquecerla con un "otro", lo oriental, cuya emoción elude lo concreto y se dispersa en el todo. Pintó tejidos, trasmisores en Oriente del espacio que el arte comparte con la cultura.

También los Delaunay, Klee y los rusos amaban el lenguaje textil: primacía de la estructura y del color sobre el dibujo, contenido hermético, serialización, repetición, importancia del fragmento, ausencia del "yo" y de lo cotidiano (los tejidos se relacionan con la cotidianidad por su uso pero en absoluto por su lenguaje). En las pinturas de estos pintores los tejidos ya no formaban parte de la composición, es decir el pachtwork o el bordado ya no estaban en una habitación o en la blusa de una chica, eran el tema. Esto lo hicieron sin apartarse ni un ápice del arte como meta.

Tampoco hay que olvidar los cientos de collages que, desde principios de siglo, se realizan usando como material hilos, cuerdas, telas, puntillas, terciopelos, etc., al haber decidido que el arte era posible con "otras" técnicas y "otros" materiales. Además éstos manifiestan lo cotidiano, lo exótico, el pasado, lo femenino o simplemente lo efímero.

Cuando a mediados de siglo estas cuestiones pasaron a América cambiaron de dimensión. Cuestiones y respuestas a lo grande. Las telas pintadas de rayas cubrieron enormes paredes, el horror vacui se llamó all-over y con la ayuda de la máquina de coser el pop convirtió las telas en colosales esculturas blandas e instalaciones. (Rauschenberg cubrió hasta hacer desaparecer un dibujo de de Kooning y muchas más cosas desaparecieron bajo sus pinceladas. En "Bed 1955" cubrió de pintura la parte que correspondía a la almohada y las sábanas dejando, en la parte inferior, al descubierto un tradicional quilt geométrico).

Lo más singular de los setenta fue la entrada masiva de las mujeres en el mundo del arte. Con ellas se implantan, además de otras muchas cosas, técnicas tradicionalmente femeninas (aunque no todo lo textil es femenino) como es el bordado, el ganchillo e introducen una temática feminista con el arte como tema, plantean un yo contingente e inmediato o simplemente apuran el camino de despojamiento reflexivo y matérico que lleva el arte.

En los ochenta los jóvenes y en los noventa los más jóvenes. Y más textiles, los pintados, los tejidos, los manufacturados, los reciclados, etc. Aún se siguen pintando rayas (Sean Scully no niega la vinculación con las xilabas marroquíes), los collages.

 

Se reprocha que en Arco, exponente del arte español más reciente, haya muchísimas obras textiles. (Se nos acusa del presente. ¡Qué viva!). Todavía hay pocas y que éstas sean o no obras de arte es irrelevante. Sabemos que todo lo que hay en el Museo del Prado es arte y podemos ir cuando queramos. Pero en lo que concierne a lo estrictamente contemporáneo qué importancia tiene que sea arte o no. De entrada es cultura, que ya es bastante, y además porqué no pensar que también sea arte porque... ¿no se han dedicado la mayor parte de los grandes artistas de este siglo a decir que el arte es una decisión, la realización de una decisión y que no depende de los materiales ni de las técnicas?

La obra más destructiva no puede eludir el ser al mismo tiempo una construcción. También la más deconstruida. Si éstas pasarán o no al museo es una cuestión intrascendente. Lo que importa en el arte ¿es acaso si se muere del todo o no? Estamos a finales de siglo no a principios.

Uno va a Arco y ve mucho textil y gran parte es cutre y se llenará inmediatamente de polvo. Esto ya es algo que no nos dice el museo del Prado. El propio museo y los cuadros que contiene hablan de la pervivencia (aunque el tema de vanitas esté presente en muchos de sus cuadros). Por el contrario la mayor parte de estas obras actuales nos hablan de lo que pasa en las casas, con los cuerpos, del kitsh, de la libertad femenina, etc., pero, por encima del tema concreto, nos muestran la firme resolución de tejer cualquier cosa, contra más cualquiera mejor, en referencia a cualquier otra cosa y plantar el resultado con franqueza en el stand. Ya no es la irreverencia genial de un Duchamp ni la radicalidad creativa de un dadá, es más que eso, es la confirmación de que hemos llegado. El público no se escandaliza ni el artista lo pretende, el siglo XX ya nos pertenece. En el arte más que en nada se puede gozar del pasado sin llorarlo, pues cualquier fin es un principio y ahí es donde estamos.

No me importa que el arte sea clásico, reflexivo, irreverente, tradicional o cutre, me gusta lo que me da, y no hago valoraciones entre una obra de un famoso extranjero de otra que se haya realizado en una sufrida y perdida provincia española. Todas me gustan, incluso me turba más esa absoluta nada tricotada por una estudiante de Bellas Artes de Valladolid que el maravilloso urinario de Duchamp, inicio de lo ya pasado.

Todo esto lo digo un tanto a mi pesar, pues, posiblemente, Arco nunca me dará la oportunidad de contemplar tapices y tejidos recientes, hechos por contemporáneos nuestros que viven en países, ya no remotos, pero si apartados y que trabajan creando y transformando un lenguaje todavía vivo. Tejidos en su grado más alto de potencia. El siglo XX ha dado para mucho, pero no para tanto.

Y no hay porqué preocuparse, los óleos siguen y las manzanas aún están frescas. Aunque no lo estarían tanto sino marcharan por el mismo camino que esas puntillas, mantelitos y cojines que pueblan las galerías y sino compartieran su ubicación definitiva, seguramente una confortable casa que no un museo, con alguna alfombra persa.

 

A todo repetidor de cuantos textiles tiene Arco le diré que hay pocos.