Escritos - Writings

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Mujeres con rajo
Teresa Lanceta.
catalogo: Mujeres con rajo

MUJERES CON RAJO

INTRODUCCIÓN

Qué dijo aquel niño que fue descuartizado y guisado por su enajenada madre en honor de un santo, cuando éste obró el milagro de unir sus pedazos y devolverlo a la vida1.

TRINIDAD

Fascinada y aterrada escuchaba una y otra vez la historia de Genoveva de Brabante que nos contaba mi abuela, Trinidad. Mucho antes de que las calamidades y martirios de la dama empezaran, las lágrimas ya nos caían a raudales pues sabíamos de memoria el futuro que le aguardaba. Ahora ni siquiera recuerdo muy bien de qué iba la historia y creo que en mi cabeza se mezcla con la de otras desgraciadas mártires. ¡Qué importa! Lo fascinante era el don de palabra de mi abuela Trinidad, su capacidad para transmitirnos imágenes vivas y escalofriantes, esas historias maravillosas que deben ser contadas en las tardes lluviosas de finales de verano.

En aquellas historias los protagonistas, casi siempre femeninos, se enfrentaban a su imponente destino y cuando ya estaban destrozados la abuela Trinidad se reía a carcajadas. El sentimentalismo daba paso a una tremenda perplejidad.

Según íbamos creciendo sus historias cambiaban. Hablaba con crudeza de la época del estraperlo y del fin de la guerra. De nuevo me producía gran perplejidad comprobar hasta qué punto los más sombríos recuerdos sobre las penurias de los perdedores se habían transformado en anécdotas en su memoria. En cambio, la esperanza de una nueva vida permanecía en ella, era la raíz más fecunda de su alma.

Su propia vida había sido así. ¡Qué importa un martirio! ¡Qué importa una guerra civil en la que su familia habla sido diezmada! ¡Qué importa si ella había sido capaz de vivirlo con tal intensidad y entereza! A fin de cuentas las heridas de la guerra terminan por cicatrizar, pero el recuerdo de lo vivido y de lo sufrido permanece siempre como acicate de la imaginación.

LA CONCHA

Conociendo a la Concha uno se explica por qué los Dr. Mabuse nazis eligieron a los gitanos para sus experimentos. La Concha es un claro ejemplo de fortaleza física y superioridad racial capaz de adaptarse y sobrevivir a las peores agresiones externas. Forma parte de esa casta de mujeres supervivientes de desastres, que han visto morir a todos sus hombres en circunstancias dramáticas y, aún así, ellas se conservan enteras, potentes, perpetuadoras de la especie.

La Concha era grande, guapa, muy gitana y nada discreta. Estaba emparentada con Carmen Amaya y con la Chunga, cantaba bien y bailaba extraordinariamente. Se buscaba el sustento bailando en un tablao. Como le pagaban por días y tenía que mantener a la familia, no faltaba nunca, ni siquiera por razones que cualquier otro mortal considera causa de invalidez permanente o motivo de fuerza mayor. En esto demostraba su fortaleza. Un día, cocinando, le cay6 encima una enorme sartén de aceite hirviendo con sus patatas fritas correspondientes. Le acompañé a urgencias porque las quemaduras eran gravísimas. Le dieron mil pastillas para el dolor y un millón de antibióticos, luego ella se envolvió la barriga y se fue derecha al trabajo. Mientras vivimos juntas tuvo varios abortos, pero tampoco los consideró causa suficiente para dejar de ir a pelear por el jornal.

Tardé más de tres meses en hacerle comprender que la píldora se tomaba a diario, siguiendo un ciclo, y que la razón de sus continuos embarazos y abortos no era que ella fuera fértil y las demás no valiéramos sino que su método no era correcto. La Concha sólo tomaba la píldora cuando estaba con el marido. La correcta administración no mejoró mucho su situación, pues era temperamental y a la vez tan bruta que no había manera de convencerla de que la siguiera tomando cuando se peleaba con su marido, por si acaso, y en el suyo los «si acaso» eran apoteósicos.

Decir que la Concha vivía al día no sería muy exacto. Vivía al segundo y yo recuerdo aquel tiempo como si los colores fueran fluorescentes. Cuando empecé a vivir con ellos yo tenía apenas veinte años y, viéndolos de natural tan alegre, nunca pude imaginar la de tragedias y dramas que cruzaban por sus vidas. El era tocaor y la vida de la pareja era como una sucesión de fiestas, juergas, bodas y bautizos. No tardé en comprobar la terrible desproporción que regía sus vidas.

La Concha pasó momentos muy difíciles cuando, en el espacio de un mes, murieron su padre y su marido, ambos de mala manera. Luego cayó en manos de un mal hombre que la hizo sufrir mucho. Se cerró el tablao donde trabajaba y tuvo que buscarse la vida en una barra americana.

Todos sus sufrimientos, que habían sido muchos a lo largo de la vida, se acabaron gracias al «gallego», un joven gallego con buena pinta y un negocio saneado donde puso a trabajar a los hijos de la Concha, apartándolos de la calle que, por aquel entonces, empezaba a llenarse de heroína.

Cuando voy a Barcelona siempre la visito y me cuenta que el «gallego» la quiere muchísimo, a ella y a sus hijos, y que está loquito con la hija que han tenido. Me dice que la familia del «gallego» es buenísima, y así un año y otro año y yo sigo sin enterarme cómo se llama el «gallego». La miro y me acuerdo de cómo abusaban de ella su padre y su marido y no puedo menos que pensar en lo poco que importan los problemas y los sufrimientos cuando nos arrastran a ellos la pasión y la sangre.

JUANA

Nos separa un océano, un montón de kilómetros por tierra, mar y aire, pero tengo el compromiso de acompañarla al médico.

Juana conserva toda su belleza, pero está muy hinchada y demasiado ansiosa. Visita médico tras médico y continuamente ingiere pastillas, la mayoría incompatibles y en dosis disparatadas. No sabe leer lo suficiente como para entender las instrucciones, se debate entre la ignorancia y la desesperación, por eso me comprometí a acompañarla.

Juana es como una virgen de Giotto, grande, acogedora, un refugio. De niña era experta en subirse a los árboles y cazar pájaros. Ahora tiene seis hombres a su cargo. Marido, cuatro hijos y un hermano soltero. Lava, plancha y cuida de todos ellos. Cuando sirve el cocido en la mesa —el marido siempre el primero— resplandece, es como si se transfigurara.

Juana es una mujer excepcionalmente activa y alegre, se ríe todo el día, aunque esta vez la encontré más amarga y un poco cansada.

Aunque se casó obligada, amaba a su marido, estaba enamorada. El problema fue esa especie de ansiedad o insatisfacción típicamente masculina que provocaba celos en el marido cuando más feliz la veía. Entonces se cebaba con ella y le propinaba palizas brutales.

Ahora, tan lejos una de otra, sigo recordando aquellos paseos que hacíamos juntas, hablando y riendo, ella siempre con un hijo colgado del brazo y yo feliz de ir a su lado. Recuerdo tantas bodas y bautizos en los que escuchábamos flamenco y caigo en la cuenta de que todo eso ya es pasado porque la última vez que la vi, en ese pueblo tan limpio donde ella vive, las dos habíamos perdido parte de aquella alegría antigua. La miraba y me daba cuenta de cuánta mella había hecho en ella tanta violencia injusta. Ella la aceptaba con una resignación ancestral, pero su coraz6n estaba erosionado como lo está el mío por haber sido testigo, por querer y respetar, muy a mi pesar, a su marido, y por sentarme a la mesa junto a él para compartir el mismo puchero, tan rico.

Quizá es por esto que me acuerdo, triste, una y otra vez de que le prometí que volvería para acompañarla al médico.

TERESA LANCETA

Notas

1 En una fachada de una casa de la heroica ciudad de Morella se conmemora este milagro de San Vicente Ferrer con una preciosa lápida.